jueves, 26 de enero de 2017

Brigadas Internacionales: ¿fuerzas de choque o carne de cañón?


Antecedentes.

La II República aguantó una guerra de casi tres años contra un ejército mucho más consolidado, el franquista, que además de tener la iniciativa, grandes recursos financieros y la complicidad del mundo capitalista, contó con el apoyo de las armas más modernas y con unidades regulares de otros ejércitos que superaban al español en potencia: CTV y Legión Cóndor, a los que debe sumarse una formidable fuerza de infantería constituida por miles de combatientes rifeños a sueldo.
Por su parte, careciendo de almacenes llenos de armas o de una industria que pudiera producirlos, el gobierno y las organizaciones republicanas, por contar con las reservas de oro, pudieron recurrir a la compra de material bélico de primera (y segunda) calidad a la URSS. Recibieron también entre 35 y 50.000 combatientes voluntarios internacionales que fueron encuadrados en seis brigadas XI, XII, XIII, XIV, XV y CL. Estos dos recursos fueron vitales para el Ejército Popular Republicano (EPR), pero si algo fue determinante para permitir su existencia durante casi 33 meses, fue su capacidad para ponerse en pie nuevamente tras cada batalla de desgaste o derrota que tuvo que afrontar, logrando incluso alcanzar algunas victorias en medio de una guerra muy desfavorable, tanto dentro de España como en el terreno diplomático. Esto se consiguió, entre otras cosas, con mucha determinación, esfuerzo y sacrificio por parte de los combatientes. El hecho de que demasiadas veces estos afrontaran a la lucha sin posibilidades de vencer o siquiera de mantener sus posiciones no significa que por sistema fueran lanzados al combate de cualquier manera. Por el contrario, la II República hizo todo lo posible por movilizar, organizar, armar e instruir, un verdadero ejército, pero evidentemente faltaron unidad política, recursos y tiempo para alcanzar un nivel más alto. En ese contexto, los brigadistas vinieron para darlo todo, y eso fue exactamente lo que se les exigió. Asumieron el peligroso compromiso de ser la vanguardia del antifascismo y pagaron un precio enorme en vidas, igual que muchas otras unidades españolas. Estoy convencido de que esto resultó completamente inevitable a la vista de los parámetros que rigieron la resistencia republicana y el papel cómplice de las “democracias” respecto al campo sublevado.
Por las anteriores razones, personalmente rechazo el término de carne de cañón aplicado a las BBII o a cualquier otra unidad republicana que combatiera junto a ellas, pero sí creo que se deben analizar y criticar los problemas y limitaciones que afectaron a los partidos y organizaciones del campo republicano, así como la estrategia seguida por Negrín, Prieto, Rojo y el alto Mando del ejército popular. Dentro de su limitada capacidad de maniobra, todos ellos determinaron también cómo fue el empleo de los combatientes sobre la línea de fuego, y como todo en la vida, seguramente eso se pudo hacer mejor, pero no debemos olvidar que es muy fácil decirlo desde un sillón y 80 años después.

Vamos por partes:

Durante la II GM, la Larga Marcha China, las luchas populares por la descolonización en Asia y África y los movimientos guerrilleros del siglo XX en América Latina, los insurgentes y/o los defensores de regímenes populares similares a la II República española ya contaron al menos con antecedentes y enseñanzas en las que apoyarse para organizar y conducir en la guerra a una guerrilla, una milicia o una fuerza regular. Por el contrario, en el verano de 1936, cuando a las organizaciones del Frente Popular les tocó movilizar y armar a sus bases para enfrentar la sublevación militar reaccionaria y fascista iniciada el 17 de julio, no se podían apoyar en ninguna de estas experiencias. En ese momento la izquierda española prácticamente estaba abriendo camino, ya que solo contaba con la limitada experiencia militar propia que le brindó el fallido intento revolucionario de 1934 y con un par de ejemplos en el marco europeo: la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia y posterior guerra civil contra los ejércitos blancos apoyados desde las potencias europeas, y la insurrección de la Liga Espartaquista de enero de 1919 en Berlín, que fue aplastada tras una semana de lucha callejera. En el verano de 1936 la parte del pueblo español que apoyaba a la República estaba haciendo algo realmente difícil: formar una fuerza armada sobre bases ideológicas y organizativas totalmente nuevas en la historia nacional. Que esta fuerza fuera capaz de resistir casi tres años frente al ejército franquista y sus aliados fascistas dice mucho del grado de éxito conseguido partiendo de cero.
En Rusia, tras el triunfo bolchevique en 1917, la fuerza militar miliciana y revolucionaria, llamada Guardia Roja, fue transformada en Ejército Rojo en un proceso relativamente rápido. Lo exigía la necesidad acuciante impuesta por la situación bélica (I GM en curso desde tres años atrás, y luego la guerra contrarrevolucionaria) y lo permitía la existencia de una dirección política fuerte y unida en torno a un programa político claro y un partido único con líderes muy visibles, capaces y carismáticos que no dudaron en aplicar las mediadas coercitivas necesarias. En esas condiciones, la vida de los combatientes sería seguramente extremadamente dura y peligrosa, pero gracias a que el Ejército Rojo alcanzó unas cualidades fundamentales en un plazo razonable, fue capaz de consolidarse y vencer, permitiendo que el régimen soviético consiguiera sobrevivir. La guerra civil que terminó en 1923 y dejó más de 5.000.000 de muertos la ganaron la tenacidad y el acierto del gobierno bolchevique, la inmensidad del territorio y la inigualable capacidad de sufrimiento de los distintos pueblos de la recién creada URSS, fundamentalmente el ruso.


Situación de la República Española tras el 18 de julio de 1936.

A diferencia de la Rusia revolucionaria, que heredó del régimen zarista la participación en la I GM (desde 1914), la España republicana se despertó frente a un golpe de estado de julio de 1937 de un día para otro, de forma que cuando este se produjo, el gobierno legítimo tuvo enfrente a un enemigo organizado, que contaba con un plan y tenía apoyos exteriores comprometidos, mientras que la base social leal solo estaba en alerta, pero no movilizada, y mucho menos armada y encuadrada. Por otro lado, la inmediata disolución del ejército dictada por el propio gobierno provocó (en la equivocada creencia que las tropas de los sublevados se desentenderían de la obediencia a sus oficiales) que se desestructurase más todavía el ejército en la zona leal, con lo que tuvo que emprenderse su reorganización casi completa. La carencia de oficiales (y dentro de ellos, de oficiales fiables), y sobre todo de suboficiales, debió ser incluso más aguda entonces en España que en la Rusia de octubre de 1917, ya que allí la guerra en curso había provocado la llamada a filas de miles de obreros y campesinos. Aquí, en cambio, solo estaban en plantilla los militares de carrera, que mayoritariamente traicionaron a la República. A esto hay que sumar el rechazo hacia todo lo militar que sentía buena parte del proletariado español, que durante años había visto marchar a sus hijos a un servicio militar largo, peligroso e injusto, que por un lado eximía a quienes podían pagar una suma elevada (la cuota), y por otro enviaba a miles de jóvenes a crueles guerras coloniales en el Riff que solo beneficiaban a minorías privilegiadas con intereses económicos directos en esa zona. Por último, hay que mencionar una situación de baja tecnificación del ejército, generalmente escaso de medios mecanizados y artillería, lo que a la hora del combate, obligaba a emplear más intensamente a la infantería. Además de esto, comenzada la guerra civil, durante los primeros meses, las organizaciones crearon, instruyeron y dieron identidad a sus propias unidades militares, con lo que la situación distó de ser la necesaria para que existiera un mando único y un ejército cohesionado y bien organizado, algo fundamental a la hora de cuidar bien de los soldados.
Todos estos factores, actuando juntos en grado diferente según el momento o la zona que se tome en cuenta, provocaron que el nuevo ejército (regular) republicano tardara mucho en nacer y madurar, lo que tuvo una traslación directa a la forma en que progresaron las operaciones sobre el campo de batalla, donde hasta entrado 1937 las milicias de las diferentes organizaciones del Frente Popular pagaron un precio muy alto en hombres, material y territorio por tener que combatir y resistir sin constituir todavía un verdadero ejército.

En el campo republicano, a la mejorable velocidad con que se efectuó la militarización de las fuerzas, habría que añadir lo que podríamos considerar limitaciones y errores en la estrategia general con que fueron conducidas las operaciones después de terminada la batalla de Guadalajara (final de la primera fase netamente defensiva en los frentes del Centro, mes de marzo de 1937).
En primer lugar, a diferencia de lo que ocurría en la parte sublevada, en la zona republicana no hubo nunca una militarización de todos los aspectos de la vida nacional. Dicho de otro modo, por causa de las características culturales e ideológicas imperantes en el campo republicano, la soberanía militar no se impuso del todo sobre el ámbito civil, manteniéndose para este último una serie de funciones y derechos que eran poco frecuentes de ver en otros países en tiempo de guerra. Desde el punto de vista político y emotivo esto sin duda otorgó un perfil único a la GCE dentro de la historia de la humanidad, pero también afectó de manera directa al rendimiento e intensidad del esfuerzo bélico y laboral que se pudo hacer en el frente y en la retaguardia.
Por otra parte, además de la forma en que se gestionaron ciertos recursos y la existencia de un fuerte poder civil que se mantuvo durante toda la guerra en la zona republicana, opino que en la esfera netamente militar, hubiera sido posible seguir una estrategia más defensiva, orientada a alargar todavía más la guerra en lugar de intentar ganarla, pues las condiciones materiales y políticas (disposición de armas, hostilidad exterior y falta de mayor unidad política) no lo permitían. Contrariamente a esto, el gobierno y el alto Mando republicanos se comportaron como si resultara posible derrotar a Franco con las armas y fuerzas disponibles, razón por la cual buscaron en más de una ocasión una victoria sobre él que cambiara el curso de la guerra (la batalla decisiva). Así, comprometiendo todos los recursos disponibles en varias ofensivas en campo abierto, aceleraron el desfondamiento del ejército popular en lugar de velar por su conservación y fortaleza, aún cuando esto hubiera supuesto tener que ceder territorio más rápidamente frente al enemigo.
La doctrina militar que Vicente Rojo había aprendido en sus años de carrera era la propia del militar de un país europeo desarrollado que miraba fundamentalmente a los bien instruidos y armados ejércitos francés y alemán y no a la lucha popular prolongada, que entonces además casi no contaba con experiencias prácticas en las que inspirarse. En esa coyuntura, creo que el PCE, a pesar de que se ha dicho muchas veces lo contrario, estuvo muy lejos de tener un poder absoluto sobre el ejército y la conducción de la guerra, e incluso se esforzó por estar al servicio de la legalidad republicana antes que maniobrar para imponer sus tesis a fondo, siguiendo en esto las directrices de la URSS, que mirando sus propios intereses, no quería asustar al Reino Unido y Francia permitiendo un gobierno revolucionario o “bolchevique” en España. En esa situación, a pesar de lo que decía la propaganda franquista y de las quejas de Prieto, comparto el punto de vista de los historiadores que afirman que no hubo tanto poder comunista en el ámbito militar como se ha intentado hacer creer.

La República siempre defendió su territorio e intentó alargar la guerra en su fase final para conseguir que se solapara con la inminente II GM, lo que hubiera afianzado la idea de que España era solo la primera batalla de una guerra europea causada por el fascismo. Salvando la rebelión casadista, se resistió tanto como fue posible, pero desde un enfoque de guerra destinada a sofocar una sedición interna, y no desde la estrategia de guerra popular prolongada basada en la lucha de clases. Asumir último esto último hubiera debido permitir concentrar todo el poder en pocas manos (unidad política), movilizar más a fondo todos los recursos disponibles en pro del esfuerzo de guerra y priorizar la conservación de las fuerzas sobre la conservación del territorio para luchar una guerra prolongada y orientada inicialmente no a ganar, sino a no perder. En este caso, lo coherente hubiera sido combinar la defensa de los frentes y ciudades con el sostenimiento de fuertes contingentes guerrilleros tras la retaguardia enemiga; pero en lugar de esto, se optó desde el verano de 1937 por el lanzamiento de ofensivas de gran envergadura en campo abierto, y ahí parece estar la clave del debate que nos ocupa: ¿fueron las BBII fuerza de choque o carne de cañón?

Sostengo que en la fase inicial y en la netamente defensiva de la guerra, hasta que terminó la batalla de Guadalajara, la República gastó un tiempo precioso para militarizar sus milicias, pero dadas la falta de unidad política, la falta de una confianza plena en los mandos de carrera, el fuerte antimilitarismo que sentían parte de los hombres (fundamentalmente los anarquistas) y la escasez de armamentos, este tiempo resultaba difícilmente reducible. La crítica podría hacerse a partir del momento en que se dispuso de cierto margen de acción, cuando podía elegirse entre auxiliar al norte desde una zona Centro “tranquila” emprendiendo una ofensiva en Extremadura o en Madrid, o infiltrando guerrilleros en la retaguardia enemiga. Entonces se optó por lo primero, aún sabiendo que se tenía un ejército todavía inmaduro. Disculpados los sacrificios extremos pedidos a las unidades en los ocho primeros meses de guerra, fue la dureza de las batallas ofensivas de La Granja, Brunete, Belchite y Teruel lo que puede hacernos pensar por primera vez en un uso y abuso de las BBII, al punto de vernos tentados de hablar de ellas como “carne de cañón”. Luego, cuando tuvo lugar la retirada de Aragón, la partición en dos de la zona republicana, la batalla del Ebro, y la defensa desesperada de Cataluña, nuevamente ya no se pudo elegir. Había pasado la fase de pasajero equilibrio militar (marzo de 1937 a enero de 1938) que permitió soñar a los republicanos con la victoria. Desde febrero de 1938, perdido otra vez Teruel e iniciada la retirada de Aragón, nuevamente hubo que exigir a los hombres que dieran de si el 150%, pero, como al principio de la guerra, solo para evitar el colapso, no para pensar en ganar. Se había acabado el frente norte, llegaban menos voluntarios internacionales y se agudizaba la falta de armas por la política de No Intervención y las severas pérdidas previas.


Conclusión.

Visto lo anterior, lo primero que hay que decir es que un ejército que no tiene tiempo de reclutar, encuadrar e instruir correctamente a sus hombres está condenado a perderlos prematuramente cuando entran en combate, y eso le pasó al ejército republicano. Por otro lado, la suerte de las BBII (con un 50% de españoles) fue compartida por el resto de las fuerzas de choque exclusivamente españolas, de forma que si hubo trato de “carne de cañón”, lo sufrieron también decenas de brigadas mixtas que combatieron en las grandes batallas. Si asumimos que las brigadas internacionales y las brigadas de choque que formaron parte de los sucesivos Ejércitos de Maniobra que se formaron eran las mejores fuerzas de la República, es lógico que siempre estuvieran en primera línea de los sectores más castigados, ya que simplemente no tenían recambio.

Se pidió todo de estas fuerzas y por norma estas lo dieron todo, pero no cabe hablar por eso de trato de “carne de cañón” porque este concepto lleva aparejado históricamente un desprecio racial o de clase social por parte de los oficiales y los gobernantes hacia la tropa, lo que nunca tuvo lugar en el ejército popular, donde por ejemplo, oficiales y comisarios sufrían una tasa de mortalidad igual o incluso mayor que las tropas. “Carne de cañón” es un término que podría ajustarse mejor a cómo eran vistas las fuerzas coloniales que tuvieron el ejército franquista y otros ejércitos europeos como el francés y el británico, a las fuerzas de infantería en las terribles batallas de la I GM o a los batallones disciplinarios en la mayoría de ejércitos. Por contra, en la España republicana existió como norma un respeto y una preocupación muy grandes por los derechos y el bienestar de todos los combatientes, que se plasmó en la constante lucha por que estos tuvieran cosas tan poco comunes en otros ejércitos como: medios de expresión (se redactaba y editaba prensa escrita y mural en cada unidad, incluso en las compañías); acceso a la cultura a través de festivales de teatro, cine y bibliotecas; lucha contra el analfabetismo; vigilancia de la alimentación y salubridad de las chabolas usadas como vivienda; lucha contra las enfermedades venéreas y asociadas a la falta de higiene; actos de confraternización con la población civil; visitas de delegaciones políticas, sindicales y culturales al frente, etc. En el EPR el combatiente era un verdadero ciudadano en armas y un camarada, independientemente de su grado militar o procedencia, algo que pasaba entonces en pocos ejércitos regulares.
Si existió algún tipo de maltrato o desprecio consciente a las BBII, este pudo venir generalmente de los altos mandos y oficiales medios españoles que en la fase final de la guerra apoyarían la sublevación casadista. Estoy pensando por ejemplo en el propio teniente coronel Segismundo Casado, quien en julio de 1937, durante la batalla de Brunete, ejerció el mando durante dos semanas del XVIII cuerpo de ejército, compuesto por 11 brigadas de las que 4 eran internacionales. En ese contexto, es bien conocido el episodio de desobediencia que protagonizó la XIII brigada internacional el día final de la batalla, tras haber estado en vanguardia desde el primer momento sin ser retirada del cerro Romanillos a pesar de las órdenes dictadas. Hay quien ve en esta postergación del relevo una intención deliberada por parte de Casado de llevar al límite a la XIII brigada, otros en cambio reconocen una imposibilidad de hacer las cosas mejor por falta de reservas que permitieran el relevo.

Frente al escaso aprecio que los “casadistas” y anticomunistas más o menos disimulados del ejército popular pudieran sentir por las BBII durante toda la guerra, y especialmente al final de la misma, queda la admiración y el respeto que sintieron y expresaron muchos otros jefes de carrera y todos los de Milicias. También se debe recordar el valor del gesto (y los riesgos asumidos para hacerlo) cuando se produjo el acto de despedida que las BBII protagonizaron en octubre de 1938, en Barcelona. En esa ocasión se reunieron todas las altas autoridades políticas republicanas y se retiró una parte de la aviación del frente para garantizar la seguridad del desfile que se organizó con los brigadistas en esa ciudad (frecuentemente bombardeada desde el aire). Después de esto, y cuando las BBII ya no contaban como unidades efectivas para ir al combate, la República intentó que abandonaran España cruzando la frontera francesa en un solo episodio y de manera visible y honrosa, a la par que también hacían lo propio los combatientes extranjeros del ejercito franquista por otro punto de la frontera, pero esto no pudo hacerse porque nuevamente Franco impidió cualquier acuerdo, y también en esto fue secundado por la No Intervención, liderada por el Reino Unido. Los brigadistas salieron entonces por grupos dispersos y no como una parte compacta del ejército español. Con ellos se fueron también las últimas posibilidades de victoria republicana. Tras el Pacto de Munich la II República quedaba abandonada a su suerte todavía más si cabe por una Europa acobardada ante el fascismo alemán e italiano y muy tibia con Franco.

Los brigadistas se llevaron el respeto y el afecto de millones de españoles, conscientes de que todos luchaban por una causa común, la supervivencia de la democracia frente al fascismo, ante el que una parte fundamental del pueblo, ya fuera como civiles, milicianos o militares, supo portarse como una verdadera fuerza de choque durante casi tres años.

Ernesto Viñas.






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