martes, 22 de mayo de 2018

'Les Mamàs belgues': la historia olvidada de unas mujeres valientes

El Centro de Educación de Adultos Gloria Fuertes de Navalcarnero presenta el Miércoles 23 de Mayo en el Centro de Artés Escénicas de Navalcarnero el documental Las Mamás belgas.
En 2016 el documental ha ganado el Premio de Mejor Documental en la Mostra Internacional de Cinema Documental de Montaverner y ganador del Segundo Premio - Premis Miquel Fàbregues en Barcelona 2017.

Presentación por nuestro compañero Sven Tuytens, miembro de Brunete en la Memoria y director-investigador del documental. 
Sven rescata en un documental las peripecias de 21 mujeres, judías y comunistas, que trabajaron como enfermeras en el hospital militar de Ontinyent durante la Guerra Civil y cuyo recuerdo aún perdura en la localidad valenciana, pese a que muchas de ellas murieron en los campos de exterminio nazis.


JORGE OTERO
artículo del 10 de mayo de 2016 (Diario Público) 

La Guerra Civil está llena de historias que han tenido que esperar décadas a ser contadas. Muchas de ellas permanecen aún ocultas en los lugares más insospechados, esperando a que alguien las rescate del sumidero del olvido. A veces basta con saber buscar: el origen de una buena historia puede estar en una conversación intrascendente, en una maleta o en una caja de zapatos. 


1-5-1937 11 de las mamás belgas en Barcelona


Fue precisamente en una caja de zapatos donde el periodista belga Sven Tuytens, corresponsal en España de la radio televisión pública de su país y devoto estudioso de la participación de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española, encontró una foto que despertó su curiosidad y le llevó a rescatar las vivencias de un grupo de enfermeras procedentes de Amberes (Bélgica) que en 1937 llegaron al hospital militar de Ontinyent (Valencia), uno de los centros médicos más modernos con los que contó la República durante la guerra.

Con la ayuda de Joan Josep Torró, un investigador local de Ontinyent, Sven Tuytens empezó una aventura que ha culminado con un documentaldirigido y escrito por él y que ha sido producido por la diputación de Valencia (área de igualdad). Titulado Les Mamàs belgues (Las mamás belgas), el trabajo de Sven Tuytens recupera la memoria de 21 mujeres belgas de origen judío y de ideología comunista que vinieron a la guerra de España sin tener, en muchos casos, experiencia sanitaria previa. Muchas de esas mujeres terminaron muriendo en los campos de exterminio nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

A Sven Tuytens le llamó la atención esta historia por estar protagonizada por heroínas desconocidas: "Cuando se habla de las Brigadas Internacionales suele hablarse de la guerra y de la muerte de los hombres, pero no de las mujeres", explicó el periodista el día del estreno del documental.

A las mujeres que abandonaron la seguridad y la comodidad de sus hogares para ayudar a cambio de nada las llamaron en Ontinyent "Les Mamàs belgues". Hubo también mujeres de otros países, a las que también llamaban así, pero Tuytens centra su historia en las 21 chicas que salieron de Amberes. Ellas apenas estuvieron dos años en el pueblo, entre mayo de 1937 y febrero de 1939, pero su recuerdo aún perdura en el municipio valenciano, donde durante décadas se guardó memoria silenciosa de su estancia allí. Su historia nunca se había contado a pesar de ser conocida en el lugar, hasta que el pasado 14 de abril se estrenó el documental de Tuytens en el Teatro Echegaray de Ontinyent. 

La foto salida de la caja de zapatos que despertó el interés de Sven Tuytens mostraba a un grupo de mujeres posando en la fiesta del 1 de mayo de 1937 en Barcelona. Era su primer día en España. Y era el principio de todo. "Me llamó la atención la foto porque no era la típica imagen de milicianas con el fusil al hombro. Parecía más bien la foto de un grupo de chicas de excursión turística por Barcelona, pero poco a poco me enteré de la historia de este grupo de mujeres", declaró Sven Tuytens a la cadena Ser en el estreno del documental en Ontinyent.

La imagen la tenía un historiador belga, Rudi Van Doorslaer, al que Sven Tuytens había contactado para hablar sobre la figura de un conocido comunista y sindicalista belga que murió en España en enero de 1937 luchando con las Brigadas Internacionales. Su nombre era Piet AkkermanSu hermano Emil, otro comunista convencido, había muerto en noviembre en la batalla de Madrid. Emil estaba casado con Vera Akkerman, una mujer tan combativa y tan comprometida como su marido y su cuñado. Rudi Van Doorslaer había entrevistado a las últimas "Mamàs" vivas en los años 80 y, a raíz de la foto, alentó a Tuytens a contar la historia de estas mujeres.

Fue Vera Akkerman la que reclutó al grupo de mujeres que terminaría en Ontinyent, entre ellas a sus dos hermanas, Rachel y Golda. También fue ella quien organizó el viaje. La mayoría de ellas se reunían desde antes de la guerra en España en un local marxista de Amberes, el Kultur Fareyn, con otros comunistas. Su fuerte compromiso político las llevó ya desde el año 1934 a atender a refugiados políticos que huían principalmente de la Alemania nazi. Eran activistas, se movían, estaban concienciadas. En aquellos años el enfrentamiento en el campo de batalla con el fascismo parecía inevitable, cosa que la guerra en España vino a confirmar. Y ellas querían estar en primera línea del frente. Una vez que estalló el conflicto en España, el compromiso de estas "Mamàs belgues" les impedía permanecer de brazos cruzados. 

Mujer culta, elegante, atractiva y bien relacionada, Vera se enteró de que la Internacional Socialista Obrera (IOS) y los sindicatos belgas habían impulsado la creación de un hospital militar internacional en Ontinyent, transformando el monasterio de los Franciscanos —y actual colegio de la Concepción de la localidad valenciana— en un centro médico puntero para la época, donde, por ejemplo, se usaron técnicas pioneras como estabilizar a los heridos en el mismo frente o incluso operarlos en las propias ambulancias mientras eran trasladados al hospital. 

A pesar de que eran comunistas y de que el hospital lo financiaban los socialistas, Vera convenció a sus compañeras para embarcarse en la aventura española. Llegaron a Ontinyent el 2 de mayo de 1937. Había más enfermeras de otros países —hasta de diez nacionalidades distintas— y chicas del propio Ontinyent. Sven Tuytens recoge el testimonio de una de ellas, la última enfermera que trabajó en aquel hospital que aún vive. María Rosario Llin Belda recuerda a sus 94 años que aquel grupo de mujeres la llamaban La peque y que en muchos casos no vinieron solas ya que tenían novios brigadistas luchando en el frente. Muchas de ellas los vieron morir. 

En el documental, María Rosario Llin Belda describe cómo estas mujeres extranjeras le marcaron hasta el punto de que ella mismo decidió dedicarse a la enfermería el resto de su vida. Añade que aquellas luchadoras por la libertad trajeron aire fresco al pueblo con su actitud alegre, —pese a todo— desinhibida y sin complejos. Pero sobre todo le llamó la atención la abnegación, el sacrificio, la solidaridad y el fuerte compromiso de estas "Mamàs belgues" que tanto la impresionaron a ella y a todo un pueblo.

 
Algunas de Les Mamàs belgues en Ontinyent en 1938.
(foto: AMSAB-ISG, Gante, Bélgica)



El propio hospital militar de Ontinyent adquiere categoría de personaje en el documental de Tuytens. Fueuna de las joyas de la red de hospitales con la que contó la República durante la guerra: moderno y amplio, contaba con buenos médicos, recursos y buen material. Al principio fue más que nada un hospital de retaguardia: Ontinyent era entonces un pueblo tranquilo alejado del frente de batalla. Concebido para albergar 1.000 camas, llegó a tener 800 heridos en sus dependencias en las últimas semanas del conflicto bélico. Tras la guerra volvió a ser un monasterio y un colegio. Los vencedores se llevaron todo lo que recordara que allí había habido un hospital republicano, pero en la biblioteca dejaron olvidados algunos librosque los médicos y las enfermeras habían traído. Algunos eran políticos, de clara ideología comunista, y ahí permanecieron durante casi 80 años sin que nadie se diera cuenta hasta que los descubrió el propio Tuytens. Todo un síntoma.

"Les Mamàs belgues" y todas las personas que trabajaron en el hospital de Ontinyent prestaron uno de sus últimos servicios durante el bombardeo de Xátiva el 12 de febrero de 1939. Ese día murieron 129 personas y más de 200 resultaron heridas


Rodaje de Les Mamàs belgues en Ontinyent
(foto: Sven Tuytens)


El cerco se estrechaba. Las "Mamàs belgues" estuvieron hasta el final atendiendo a los heridos. 
A última hora escaparon hacia Argelia antes de regresar a Bélgica. Allí, un año después, con la invasión de los nazis, comenzaría lo que Tuytens define como "su segunda guerra". En realidad fue un calvario: muchas de ellas muchas terminaron sus días en campos de de exterminio como Auschwitz. 


Rodaje de Les Mamàs belgues en Ontinyent
(foto: Sven Tuytens)

Vera Luftig
(archivo: Sven Tuytens)

Otras, como la propia Vera Akkerman (Luftig), el alma máter de las  "Mamàs belgues", lucharon contra los nazis desde la Resistencia. Ella en concreto entró a formar parte de una red de espionajes soviética llamada la orquesta roja. Su pista se perdió para siempre en 1944 sin saber realmente que le pasó. Algunas sobrevivieron a la II Guerra Mundial, pero su ejercicio de solidaridad, sacrificio y entrega pasó al olvido. 
Hasta ahora.






lunes, 14 de mayo de 2018

Sobre el libro “Verano Español”, de Nordhal Grieg.

Pasados 80 años desde que fuera escrito, el libro Verano Español del noruego Nordhal Grieg, que hasta ahora solo estaba disponible en su idioma original, acaba de ser publicado también en castellano.  Para Brunete en la Memoria esta es sin duda una buena noticia porque nos permite saber mucho más sobre los internacionalistas escandinavos que participaron en la GCE y porque los relatos que contiene este libro están directamente centrados en la batalla de Brunete o guardan una relación cercana con ella. 


Oí hablar por primera vez de este autor hace unos 8 años, cuando por iniciativa de un amigo común llegó a Quijorna el primer grupo de viajeros noruegos. Aquella visita al almacén – exposición que luego dio lugar al actual museo, y que entonces estaba en sus inicios y ocupaba solo una esquina del espacio que necesita ahora, fue una experiencia inolvidable. 50 nórdic@s en este pequeño pueblo de Madrid llaman la atención, y más si nadie conoce si vienen a ver algo concreto (y en este caso además oculto) o se han perdido de camino a otro sitio. Recuerdo que de ese primer grupo me impactaron sus modales tan educados, la admiración que sentían por sus compatriotas encuadrados en la XI brigada internacional y el enorme aprecio que transmitían por la II República española. Desde entonces, la sucesiva llegada de nuevas excursiones de noruegos ha ido asentado la costumbre de visitar Quijorna cada mes de octubre para pisar y conocer, aunque sea someramente, el viejo campo de batalla en el que una compañía de escandinavos formada por noruegos, daneses, suecos y finlandeses luchó junto a españoles, alemanes, austríacos, belgas y franceses en la 35 división (brigadas XI, 32 y 108).
Dos amigos que hice en aquella ocasión me mandaron al volver a Noruega el fantástico libro sobre el Hospital Sueco – Noruego de Alcoi y un par de capítulos traducidos del noruego al inglés del libro Verano Español, de Grieg. Cuando hace poco supe que se preparaba una edición en castellano de este último libro, recordé cómo su lectura parcial despertó mi interés por los combatientes escandinavos del batallón Thaelman, el personal médico del hospital de Alcoi, por Lisa Linbaek, Gerda Grepp y Nordhal Grieg, todos implicados intensamente con la defensa de la causa republicana, ya estuvieran empuñando un arma, manejando instrumental médico o usando una máquina de escribir. 
Una vez que he podido leer entera la cuidada edición que ya está en las librerías, los breves relatos que forman este libro me han parecido tan interesantes como los primeros que leí hace años. Los veo tan reales y creíbles que me parecen equiparables a las fotos que tomó aquí Gerda Taro, porque son como imágenes hechas con palabras, que van a lo esencial y encajan perfectamente con el resto de información que tenemos. Verano Español está escrito por alguien que viene de una latitud geográfica y cultural lejana, pero que es capaz de sentir una enorme cercanía y solidaridad con los civiles y los combatientes que tiene alrededor, porque comparte la misma lucha antifascista.
A lo largo de estas “fotos” hechas con palabras, Nordhal incide varias veces en el papel tan importante que tiene la cultura como herramienta de liberación y de superación de las injusticias, pero también señala lo insuficiente que le resulta su propia contribución hecha “solo” desde la escritura. Él siente intensamente y repite que son los civiles que aguantan bombardeos y privaciones y los combatientes de las trincheras quienes están defendiendo eficazmente la democracia, y no los intelectuales reunidos en el II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura (que tuvo lugar entre los días 2 y 12 de julio de 1937 en  Valencia, Barcelona y Madrid). Fruto de este convencimiento, y por haber sabido insistir hasta lograrlo, él fue uno de los escasísimos participantes en el Congreso que consiguieron el necesario permiso del alto mando para visitar el campo de batalla. Grieg habría entrado en la zona de lucha en dos ocasiones, siendo la segunda el día 24, el mismo en que los republicanos perdieron Brunete, de forma que pudo ver de cerca el combate, los bombardeos y el peor momento hasta entonces de la 11 división de Lister; todo desde la primera línea de la 35 división, situada entre los pueblos de Brunete y Quijorna. Desde la percepción de Nordhal Grieg de que la cultura es fundamental pero no basta para ganar la guerra a la reacción y al fascismo, un ejemplo para él será su amigo Ludwig Renn, un oficial y escritor alemán veterano de la I Guerra Mundial que asistió al II Congreso e inmediatamente se puso al frente del Estado Mayor de la XI brigada internacional, que estaba dejando las posiciones de reserva para entrar de inmediato en la batalla.  
En relación con la importancia que Grieg le otorga a la cultura, hay que recordar el enorme esfuerzo que antes de la guerra hacían los gobiernos progresistas de la II República por acercar el cine, el teatro y los libros a la clase trabajadora y especialmente, a los pueblos más apartados de España. En este sentido, son impresionantes y muy descriptivas las fotografías que muestran a campesinos de todas las edades viendo su primera película de cine gracias a las Misiones Culturales. Del mismo modo, en el frente, incluso en primera línea y literalmente bajo el fuego franquista, trabajaron intensamente las Milicias de la Cultura, luchando contra el analfabetismo entre las tropas y fomentando la lectura y la confección de prensa impresa y mural en todas las unidades. Una modesta pero irrefutable prueba de esto la aportan los numerosos tinteros de vidrio perdidos por los combatientes que hemos recogido en las trincheras republicanas que atraviesan el viejo campo de batalla de Brunete. Hoy, cuando lo que queda son los libros, no cabe duda de que Nordhal Grieg, Ludwig Renn y tantos otros que pensaban como ellos, sí contribuyeron de manera real y perceptible a la lucha republicana, que si tuvo el resultado conocido fue casi con seguridad por los efectos de la No Intervención, que ellos tanto denunciaron.



Dos constantes atraviesan la mayor parte de los relatos que componen Verano Español: la admiración que siente el autor por las cualidades, el entusiasmo y la resistencia del pueblo y el espanto compartido con los civiles ante los bombardeos aéreos masivos y reiterados. Seguramente, a la destrucción física que causaba esta nueva arma aportada por nazis e italianos a la sublevación hay que añadir su impacto moral, quizás todavía mayor. Los nuevos medios de bombardeo eran entonces un recurso militar en fase experimental que se empleba por primera vez en condiciones reales para conseguir el terror. Franco, cooperador necesario, permitió que Hitler y Mussolini usaran las ciudades y los frentes republicanos como un gran polígono de pruebas para ajustar equipos, tripulaciones y tácticas con vistas a emplearlos poco después sobre las poblaciones del resto de Europa. España se convirtió así en la primera víctima de esta nueva forma de crimen de guerra que en breve alcanzaría a otros países y pocos años más tarde se volvería contra el propio Reich, con inigualable intensidad. 
Me gustó especialmente la descripción que hace Grieg del tiempo que la XI brigada pasó en Villalba, recuperándose de la batalla de Brunete, paso previo a la de Belchite. El intenso vínculo de camaradería creado entre los combatientes del Ejército popular y los escandinavos que ahí se describe no terminó con la salida de los brigadistas internacionales en octubre de 1938. Pocos meses después de la derrota republicana, la guerra de agresión iniciada por el III Reich contra Polonia en septiembre de 1939 no tardó en alcanzar Dinamarca y Noruega. En mayo de 1940 cerca de 900 republicanos españoles enrolados en la Legión Extranjera Francesa participaron en el desembarco aliado en la ciudad noruega de Narvik, que llegó a ser brevemente liberada de los nazis a un precio altísimo para los desembarcados: 500 españoles murieron en esa bahía. El internacionalismo, fiel a su esencia, funcionó en los dos sentidos entre Iberia y Escandinavia.
Si en algún momento leéis Verano Español, recomiendo poner mucha atención al acertado prólogo que escribió Emilio Silva, y por supuesto también al discurso de Nordhal Grieg ante el II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura que cierra el libro. Para terminar, quiero agradecer a la librería Traficantes de Sueños, a Ainhoa Zufriategui y a Aku Estebarán su confianza al permitirme tomar parte en una de las presentaciones públicas que merece este breve pero necesario y esperado libro. ¡Salud!
Ernesto Viñas.









jueves, 12 de abril de 2018

Las búsquedas de combatientes desaparecidos ante la limitación de acceso a los archivos militares

De las tres partes que a día de hoy componen el proyecto de Brunete en la Memoria (museo con los restos recuperados del viejo campo de batalla u obtenidos mediante donaciones, formación de un archivo documental, fotográfico, sonoro y cartográfico y oficina de búsqueda de combatientes), últimamente nos hemos dedicado de una manera preferente a la tercera. 
Hace 10 años nos empezaron a llegar las primeras peticiones de información por parte de familias acerca de la suerte que pudo correr su “abuelo” en cualquiera de los dos ejércitos enfrentados en la batalla de Brunete. En un principio, fueron pocos casos y siempre centrados en esta batalla, pero según pasaba el tiempo, la mayor visibilidad de nuestro colectivo y la ampliación de nuestro campo de interés (hasta abarcar toda la zona Centro) facilitó que se incrementara la llegada de peticiones. Ante esto, en los archivos nosotros ampliamos el estudio de los frentes a nuevos sectores y, siempre que nos fue posible, también fuimos a reconocerlos sobre el terreno. Así, hoy nos atrevemos con las búsquedas que tienen relación con las unidades y los hospitales que pertenecieron a todo el Ejército del Centro republicano (o estuvieron en la misma zona antes de su creación) y con las fuerzas sublevadas que actuaron en esos mismos frentes a los largo de los 32 meses de guerra. Por el contrario, todavía somos de muy poca ayuda en búsquedas que tengan por escenario los frentes del Norte, Extremadura, Andalucía, Levante, Aragón o Cataluña, quizás con la excepción de la batalla de Belchite y en menor grado, Teruel, porque ocurrieron cerca de “nuestra” zona y con fuerzas que venían de luchar en Brunete.
Casi todo el tiempo que hemos tenido disponible desde que empezó este año lo hemos dedicado a revisar a fondo los correos que hemos recibido o intercambiado con las familias, así como todos los datos que contienen. Ahora, con todas las peticiones ordenadas y puestas al día en una misma base de datos, sabemos que hemos creado 154 carpetas que generalmente son individuales, aunque también las hay colectivas, referidas a combatientes que eran hermanos o venían desde un mismo pueblo, región o país. La mayoría de estas 154 carpetas corresponden a republicanos, si bien también hay  cerca de 30 casos de oficiales, suboficiales y soldados que estuvieron encuadrados en el Ejército franquista. Naturalmente, el grueso de estas consultas llegaron desde España, pero también lo hicieron desde UK, USA, Bélgica, Holanda, Francia, Italia, República Checa, Yugoslavia, Argentina, Cuba, Macedonia o Bulgaria, lo que pone de manifiesto el interés por los brigadistas internacionales. La expansión conseguida por Brunete en la Memoria nos satisface mucho, la agradecemos y nos compromete a seguir con este trabajo. Nos gustó especialmente una petición remitida por la Embajada de España en Skopje (Macedonia) sobre dos brigadistas yugoslavos, un caso en el que lamentablemente todavía no hemos podido encontrar nada, pero que pone de relieve que, al menos en la periferia de la administración central del actual Gobierno, hay personas o instituciones que sí se comprometen y ayudan en el ámbito de la memoria histórica, en un claro contraste con lo que está pasando dentro de España, donde reina un total pasotismo oficial. 
En cuanto a la resolución de casos, hasta ahora nos cabe la gran satisfacción de haber podido poner en manos de 10 familias sendos documentos que acreditaban la fecha y el lugar de la muerte (y eventualmente el de enterramiento) del combatiente que buscaban. Poder llegar a esto es muy emocionante, y sin duda, lo mejor que puede pasarnos, y aunque el índice de éxito que está en torno al 7% de los casos, seguramente se podrá elevar en la medida que sigamos pudiendo acceder a nuevos documentos. Por otra parte, cuando no encontramos nada sobre la persona buscada, pero sí sabemos por las familias cuál era su unidad, podemos darles datos detallados sobre dónde y cómo participó su “abuelo” en la batalla, intentando concretar al máximo tanto el posible lugar donde se perdió su rastro como lo que pudo pasar después con él. Esto último lo hacemos compartiendo con ellos documentos y nuestros conocimientos, y si vienen aquí, visitamos junto a ellos el que fuera campo de batalla, lo que les permite un cierto acercamiento a su ser querido, que muchas veces está cargado de emotividad y a pesar de la falta de certidumbres, en buena medida ayuda a cerrar una herida familiar de décadas de duración.  
Los recursos que en Brunete en la Memoria tenemos para ayudar en las búsquedas de combatientes son nuestra base de datos y las monografías sobre unidades, armas o servicios, todos ellos hechos a partir de documentos que consultamos y copiamos en distintos archivos, sobre todo militares. Por poner un ejemplo, en poco tiempo terminaremos de pasar a la base de datos la parte que nos queda de un informe de 300 páginas que contiene interminables listas de carabineros, guardias civiles, milicianos y militares republicanos que ingresaron en el hospital militar de Carabanchel desde el inicio de la guerra hasta el inicio de la batalla de Madrid. Lo malo es que cuando terminemos este trabajo, no sabemos si al volver a los archivos históricos militares de Ávila (AGMAV) o Madrid (IHCM) podremos acceder a todos los documentos que llevamos años consultando con entera libertad. Según parece, una novedosa disposición de quien manda en estas instituciones ha determinado que no puedan volver a verse aquellos a los que originalmente se les puso el sello de “secreto” o “reservado”, aunque tengan ocho décadas de antigüedad y esa calificación solo haya tenido sentido durante la GCE. Hoy, pasados 80 años desde que fueron escritos, y tras haber consultado esos documentos libremente al menos desde el año 2005 en Ávila y Madrid, esperamos que esta medida sea breve y transitoria o se trate de un error. De lo contrario, significaría que la ministra de Defensa, miembro de un Gobierno que no hace nada en el campo de la Memoria Histórica, además se dedica a poner trabas extra a los investigadores que tratan de suplir con trabajo voluntario la obligación de ayuda que el Estado tiene con las familias de desaparecidos en combate. Una obligación que este Gobierno desatiende sistemáticamente. 
Ante esta situación, pedimos apoyo para la lucha que están iniciando profesores, investigadores, archiveros y muchas otras personas para revertir esta situación que carece de fundamento y puede dificultar mucho el estudio y la investigación histórica. Volver a convertir en secretos viejos papeles que ya han estado visibles para los militares desde la creación del Servicio Histórico Militar (hace más de 70 años) y para toda la población desde hace más de 20, simplemente no tiene explicación ni justificación. En nuestro desconcierto, sospechamos que ocultándolos alguien obra con un criterio burocrático demasiado estricto o, peor aún, quiere detener el avance en la toma de conciencia sobre lo que supuso la II República o el Franquismo. Nadie se cree que un documento de la GCE que ya ha sido público tantos años y que trata sobre operaciones de guerra, partes de bajas o informes de la situación militar en 1936 - 39 pueda afectar negativamente a los ciudadanos o a las instituciones que viven o existen ahora. En cambio, su vuelta a las catacumbas sí puede privarnos a todos nosotros de conocer cosas muy importantes a nivel social y personal, incluido el derecho de las familias a saber qué fue de los suyos. 
Desde Brunete en la Memoria no solo pedimos que se reviertan estas medidas restrictivas, sino que alentamos a quienes tengan el poder de decisión en sus manos a que levanten la prohibición de acceso público a otros tantos documentos de la GCE y posteriores que ya han cumplido su periodo de protección de las informaciones sensibles y siguen sin poder verse. Limitar el acceso a los archivos y poner trabas a la comprensión y análisis del pasado histórico reciente solo promueve el subdesarrollo intelectual de un país y la baja calidad de su democracia. No lo aceptemos.
Brunete en la Memoria.




domingo, 11 de marzo de 2018

Mujeres en la batalla de Brunete

En julio de 1937, cuando había transcurrido un año desde el golpe de estado que dio inicio a la GCE, las dos fuerzas enfrentadas ya habían alcanzado un alto grado de maduración y perfeccionamiento si las comparamos con lo que eran en sus respectivos comienzos. Aun así, en ese segundo verano de guerra, en el campo republicano  todavía quedaba mucho por hacer para poder contar con un Ejército regular al estilo de los que existían en el resto de naciones con un grado de desarrollo económico, industrial y social similar al de la España de preguerra.

En el Ejército español de los años 30, y por tanto entre las fuerzas militares sublevadas, la presencia femenina era nula, como también lo fue en las estructuras paramilitares o premilitares que existían en la trama civil dispuesta a salir a las calles para colaborar con el golpe apenas este se produjera. De esta forma, no existen evidencias de que hubiera mujeres empuñando armas entre los falangistas, los carlistas o los miembros de la JAP en los primeros días o semanas de guerra. 

Un año después del 18 de julio de 1936, en el campo franquista la situación seguía siendo básicamente la misma en ese aspecto: las mujeres habían ganado un lugar destacado en las plantillas de la sanidad militar y en las organizaciones dedicadas al esfuerzo de guerra en la retaguardia, pero seguían completamente ausentes de las unidades armadas, y así sería hasta el final de la guerra. El papel que desempeñaron las mujeres en la zona rebelde fue importante, pero apenas hubo ruptura con su rol tradicional, fijado por el dominio masculino, la Iglesia y las costumbres. Incluso el comportamiento de las organizaciones de la nueva derecha (fascista) no se alejó del punto de partida social previo a la guerra, contribuyendo a que la mujer quedara siempre subordinada al hombre y a la autoridad establecida, con la atención a la familia como principal esfera de desarrollo personal.  

En el campo republicano por el contrario, la ruptura del orden establecido que provocó la rebelión militar supuso una oportunidad inmejorable para que la soberanía popular representada por las organizaciones obreras, de izquierda, y en general leales al gobierno legítimo, se abriera paso como una marea incontenible. En pocas jornadas, la estructura social y las relaciones de poder de la España que se mantuvo republicana superaron ampliamente lo conseguido desde 1931, cambiando radicalmente a favor de la clase trabajadora y de la emancipación de la mujer. 

Se trataba de un avance revolucionario e inimaginable en otras condiciones, pero para mantenerlo, resultaba imprescindible derrotar a la reacción, ya que en caso contrario sin duda se retornaría a una situación todavía mucho peor que la de partida. Para esa mayoría social que vivía en la zona en la que fracasó la sublevación la perspectiva inmediata era por tanto la de una lucha a muerte por el progreso, la igualdad y la justicia social, y para ganar, tan importante resultaba organizar las nuevas fuerzas populares para resistir frente al avance enemigo como ejercer a fondo los nuevos derechos conquistados para romper la inercia secular de una sociedad clasista y dominada por la Iglesia. Estos nuevos derechos, muy especialmente en el caso de las mujeres campesinas o de la clase trabajadora urbana, abarcaban todas las facetas de la vida, incluido algo tan masculino hasta entonces como era la posibilidad de empuñar armas y estar presentes en los lugares más peligrosos del frente. En julio de 1936 empezaba una guerra que involucraría de una u otra forma a toda la población española, incluida por supuesto la mitad femenina, que en la zona republicana se lo jugaba todo y por ello, se movilizó.

En combinación con las fuerzas del orden y los restos de unidades militares leales, las milicias populares antifascistas, contando con mujeres en sus filas, permitieron mantener viva la zona republicana durante los primeros meses de guerra. Según el sector de frente que se considere, la acción de estas fuerzas combinadas logró frenar o entorpecer el avance de unidades militares enemigas convencionales mucho mejor mandadas, armadas e instruidas, pero incluso desde antes  que los sublevados ocuparan Toledo capital e iniciaran un avance implacable sobre Madrid, para el alto mando republicano estaba clara la necesidad urgente de la militarización de las milicias. Este cambio fue un proceso complicado y costoso que en torno a Madrid se aceleró durante la batalla defensiva y prácticamente quedó culminado al comenzar 1937. La nueva organización regular del Ejército popular dispuso que las escasas mujeres entonces todavía presentes en primera línea debían dejar las armas para pasar a aportar su esfuerzo de guerra en servicios o áreas como la sanidad militar, la defensa pasiva, la agricultura, las milicias de la cultura o la producción de guerra, al tiempo que seguían participando de la transformación social iniciada a raíz del comienzo de la guerra a través de la militancia en las organizaciones populares.   

Batalla de Brunete

Teniendo en cuenta estos antecedentes, para hablar de la participación femenina en la batalla de Brunete tendremos que diferenciar inicialmente dos situaciones: la que sufrieron las y los civiles que vivían en los pueblos atacados por las fuerzas republicanas, y la que afectó a las mujeres que estaban vinculadas de una u otra forma a las fuerzas combatientes de los dos ejércitos.  El primer grupo lo formaban los escasos pobladores que aún permanecían en Brunete, Quijorna y las dos Villanuevas y fueron sorprendidos por el inicio de los combates, consiguiendo escapar generalmente hacia la zona en poder de los sublevados. Mayoritariamente, esta población civil no había querido o necesitado abandonar estos pueblos cuando en noviembre de 1936 fueron ocupados por las columnas franquistas en su marcha hacia Madrid o en la posterior batalla por la carretera de La Coruña, por ello, parece lógico que al empezar a ser atacados sus pueblos salieran hacia el oeste y no hacia Colmenarejo, Valdemorillo o Madrid (zona republicana).  

Mujeres en los Cuerpos o Servicios del Ejército, en retaguardia

Al referirnos al segundo grupo, el de las mujeres militarizadas, primero hay que señalar que una vez que estuvo iniciada la batalla de Brunete, tanto la zona republicana como la franquista tuvieron dos áreas bien delimitadas y con normas específicas: el campo de batalla propiamente dicho y la zona de los ejércitos, en la retaguardia del anterior. En ambos espacios actuaron los distintos escalones de las unidades armadas y sus servicios correspondientes, teniendo cada uno sus características propias respecto a la presencia femenina.
En las dos retaguardias inmediatas al campo de batalla de Brunete, donde se abastecían las unidades y donde eran evacuados los heridos, hubo mujeres sobre todo en los hospitales de sangre, ya fueran de campaña (más cercanos a la línea de frente) o de primera evacuación (más alejados), y en todos, ellas trabajaron fundamentalmente como enfermeras y en tareas de administración. Del lado republicano sabemos de la existencia de este tipo de hospitales en El Escorial, Galapagar, Torrelodones, Hoyo de Manzanares, El Goloso y  en Madrid (allí, en torno a 25). A retaguardia de las tropas franquistas existieron hospitales importantes al menos en Griñon, Getafe y Pinto, siendo el primero de ellos de enormes dimensiones y capacidad, al punto que llegó a contar con su propio ramal de ferrocarril de acceso, construido en tiempo record. Al final de la guerra, este hospital, situado en el colegio de Los Salesianos, había atendido a más de 70.000 heridos y enfermos.

Equiparables seguramente en número y en entrega a su trabajo, las cientos de enfermeras que hicieron la guerra en los hospitales de los ejércitos enfrentados en torno a Madrid también se diferenciaban por varias cosas, siendo una de ellas la importante fracción de enfermeras religiosas que existió en el campo franquista, que habrían pertenecido a las siguientes órdenes: Hermanas de la Caridad, Hijas de la Caridad de San Vicente Paul, Hijas de Santa Ana, Hermanas de San José, Carmelitas, Mercedarias, Madres del Sagrado Corazón, Madres Irlandesas, Madres Clarisas, Siervas de Jesús, Hermanas de la Cruz y Hermanas de los Pobres. Junto a las religiosas, hubo otro importante grupo de enfermeras civiles voluntarias, y de estas últimas, ninguna fue considerada como miembro del Ejército, pero sí era posible para ellas tener militancia en organizaciones como FET - JONS. Todas, civiles y religiosas, estuvieron bajo el mando de la Inspección General de los Servicios Femeninos, siendo jefa de todas las enfermeras de la zona franquista Mercedes Milá, única mujer presente en el escalón superior del mando sublevado, el Cuartel General del Generalísimo, establecido en Salamanca.

En el campo republicano también las escasas doctoras y conductoras de ambulancia y las numerosas enfermeras tituladas y auxiliares eran voluntarias y civiles, si bien cerca del final de la guerra (diciembre de 1938) parece que sí fueron incorporadas al Ejército popular como personal militar de pleno derecho, reconociéndoles la graduación que hubieran ganado. De ser así, esto marcaría un hito en la historia militar española, por tratarse de las primeras mujeres que ingresaron de pleno derecho en los Ejércitos (hoy diríamos Fuerzas Armadas). La procedencia de las enfermeras españolas era generalmente la Cruz Roja, el Socorro Rojo Internacional o las organizaciones del Frente Popular, existiendo otro importante contingente que, como las Brigadas Internacionales, llegó desde múltiples países para apoyar a la República. Este último grupo de enfermeras internacionalistas fue diverso en cuanto militancia política y motivación para involucrarse en la guerra española, pero todas compartían  sentimientos antifascistas y solidarios muy fuertes. Estas mujeres y sus compañeros varones primero formaron parte del Servicio Sanitario Internacional y después de su organismo sucesor, la Ayuda Médica Extranjera.
Según parece, en ninguna de las dos zonas escasearon las enfermeras, ya que ese era el mejor (y prácticamente único) empleo que permitía a las mujeres poner en juego su compromiso político, religioso o moral integradas en un Cuerpo o Servicio militar y además, garantizaba el acceso a un alojamiento y una manutención dignos y suficientes, algo nada despreciable en situación de guerra. En ambas zonas hubo entre las enfermeras/os, camilleros/as, practicantes, conductores/as de ambulancia y doctores/as un trabajo de alta calidad y abnegado, pero también se produjeron varios casos de espionaje y sabotaje en favor del esfuerzo de guerra contrario, lo que podía materializarse en el fomento del derrotismo y la deserción, en alargar y entorpecer la curación de los heridos y enfermos que se tenía a cargo o en provocar su inutilidad para reincorporarse al servicio mediante amputaciones evitables o directamente, su muerte por tratamientos o medicación adrede incorrectos.

Mujeres en primera línea

Por ser muchas menos que las presentes en los hospitales de campaña y retaguardia, y por estar mucho mejor identificadas, resulta más fácil hablar de forma personalizada de las pocas mujeres de las que sabemos (aunque seguramente hubo otras más) que pasaron por el campo de batalla de Brunete en julio de 1937 o jugaron un papel importante junto a las tropas en esta zona y momento.
En el campo franquista se conocen estos casos:

-       María Luisa y María Isabel Larios y Fernández de Villavicencio 

      Enfermeras, fueron conocidas en la zona republicana como “las marquesitas”, tras ser capturadas por la 11 división de Lister en la ocupación de Brunete, primer objetivo de la ofensiva que dio comienzo el día 6. Fueron tratadas correctamente y trasladadas a Valencia, desde donde después serían devueltas a la zona sublevada en un intercambio de prisioneros, tras lo que se reincorporaron a su tarea, ahora en el hospital de Villaviciosa de Odón. En diciembre de 1937 fueron condecoradas con la Cruz Roja del Mérito Militar y acabada la guerra, una de ellas se enroló como enfermera en la División Azul, regresando a España en 1942. Una tercera hermana, Lucía Irene Larios (condesa de Revertera) organizó en 1938 centros de la Sanidad Militar en Villaviciosa de Odón, Sevilla la Nueva, Getafe, Villaverde y Seseña, recibiendo también la misma condecoración que sus hermanas.




En el campo republicano conocemos estos casos:

-       Gerda Taro. Alemana, de 27 años, fue, junto con el húngaro André Friedman, la creadora del personaje Robert Capa, un recurso que permitió a esta pareja de fotógrafos hacer llegar mejor sus imágenes y crónicas a varios medios gráficos franceses y norteamericanos. En julio de 1937 Gerda estaba en Madrid acompañando al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura, lo que le permitió venir al campo de batalla de Brunete al menos en dos ocasiones para transmitir con sus fotos dos cosas fundamentales fuera de España: la esperada victoria republicana (que no se produjo) y la evidencia de la intervención fascista en favor de las fuerzas franquistas, un hecho conocido y tolerado por las “democracias” que a pesar de las evidencias, mantuvieron el Pacto de No Intervención, lo que dificultó en extremo el rearme republicano e hizo que este sólo dependiera de la URSS. Gerda Taro está considerada como la primera fotoperiodista de guerra femenina, siendo su trabajo importante sobre todo por su cercanía al combate y al peligro, una manera de acercarse a la realidad que le costaría la vida en la jornada final de la batalla, cuando se vio implicada en un accidente viario bajo las bombas de la aviación alemana, justo al norte de Villanueva de la Cañada.


   

-       Lisa Lindbaek. Nacida en Dinamarca en 1905, se trasladó a Noruega cinco años más tarde. En los años 20, mientras estudiaba arqueología, trabajó como corresponsal de prensa en Italia, lo que le permitió ver de cerca el ascenso del fascismo. Está considerada como la primera mujer noruega corresponsal de guerra, por haber cubierto el conflicto español para el diario Dagbladet. En esta función coincidió con su compatriota Gerda Grepp, que trabajaba haciendo igual función para el diario Albeiderbladet, pero de las dos, parece que sólo Lisa Lindbaek visitó el campo de batalla de Brunete, lo que hizo en compañía del escritor, también noruego, Nordhal Grieg, participante en el ya citado II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Ambos llegaron hasta la primera línea asumiendo todos los riesgos del combate para confraternizar con los combatientes de la compañía escandinava de la XI brigada internacional. Durante su estancia en España Lisa escribió la historia del batallón Thälmann de las BBII, y tras la derrota republicana trabajó en Francia para mejorar las condiciones de vida de los niños españoles exiliados. Murió en 1961. 


   

-   Sofía Bessmertnaia. Junto al contingente de asesores militares, aviadores, tanquistas y técnicos soviéticos que llegaron a la zona republicana para apoyar al Ejército popular existió también un grupo de unos 200 traductores e intérpretes, compuesto fundamentalmente por mujeres que fueron elegidos por su conocimiento de ambas lenguas, lo que implica que en la mayoría de casos carecían de formación militar previa. Su tarea era la de acompañar a los jefes y operadores soviéticos a todos los sitios donde estos fueran, lo que suponía asumir los mismos peligros que ellos bajo los bombardeos aéreos y artilleros y el fuego de las ametralladoras. Según palabras de Stern (Kleber), estas intérpretes siempre se mantuvieron disciplinadas aún en las peores situaciones, suscitando entusiasmo y admiración entre los combatientes españoles. Una de las más valientes y leales de estas combatientes fue la polaca nacida en 1893 Sofía Bessmertnaia, quién según ciertos testimonios, murió heroicamente en la batalla de Brunete, aunque también hemos sabido que pudo haber caído prisionera de las tropas franquistas el 25 de julio de 1937 y ser condenada a 30 años de prisión, aunque habría sido liberada en 1944, tras lo que salió a Argelia, desde donde pudo regresar a la URSS.

-       Encarnación Hernández Luna. La escasa información disponible sobre ella sitúa su nacimiento en Beneixama (Alicante), sin conocerse el año. Fue voluntaria desde el primer momento en las filas del 5º Regimiento de milicias, y al constituirse el Ejército popular se incorporó a la 11 división, mandada por Líster. En esta unidad, que en julio de 1937 estaba formada por las brigadas 1, 9 y 100, ella fue capitana de Ametralladoras. Entonces ya estaba casada con Alberto Sánchez, el jefe cubano de la 1ª brigada mixta, quien morirá el 25 de julio a causa de un bombardeo en la batalla de Brunete. Instruida por el asesor soviético Rodimtsev (Pablito), se decía que Encarnación tenía una enorme destreza en el manejo de la ametralladora. En la batalla del Ebro ya había alcanzado el grado de mayor de milicias, equivalente a comandante, siendo seguramente la mujer que más alto ha llegado nunca en un Ejército regular en combate en España. Falleció en 2004 en Quebec (Canadá).




Mención aparte merece la destacada líder del Partido Comunista Dolores Ibárruri. No por haber trabajado en la zona de los ejércitos ni por haber entrado directamente al campo de batalla de Brunete mientras se combatía en él, sino porque Pasionaria, seguramente la mujer políticamente más visible y destacada durante la GCE, estuvo presente en la zona de repliegue de las fuerzas del Ejército de Maniobra tras los 20 días en que este combatió. Allí participó en un mitin destinado a sostener y reforzar su moral de esas tropas tras la dura prueba pasada y las crecidas pérdidas que soportaron. Este acto masivo parece haber tenido lugar en Villalba, Moralzarzal o Cerceda, y las fuerzas son de la XI brigada internacional de la 35 división, y en las fotos que se conservan el general Walter aparece junto a Pasionaria en la tribuna. Otras fotos de esos mismos días muestran a Pasionaria junto a soldados y oficiales de la 11 división de Líster, lo que confirma que tuvo un contacto continuado con las tropas durante esos días.




El rigor de la guerra no daba tregua y, acabada la ofensiva de julio, el Estado Mayor Central dirigido por el coronel Vicente Rojo pronto empezaría a preparar la siguiente operación para intentar salvar el norte republicano. Las tropas escogidas, básicamente las mismas que habían luchado en Brunete, subirían a los camiones pocos días después, y tras ellos irían los hospitales de campaña sobre ruedas con sus enfermeras del Ejército del Centro. Pronto, antes de que terminara ese terrible verano de 1937, ellas estarían trabajando junto a sus compañeras aragonesas para atender las bajas de la batalla de Belchite en los hospitales de Azaila o Puebla de Hijar.   

Ernesto Viñas.