miércoles, 4 de julio de 2018

Más sobre la artillería antiaérea presente en la batalla de Brunete.

El artículo que publicamos al final del año pasado sobre la artillería antiaérea republicana fue posible gracias al descubrimiento en el Archivo Histórico del Ejército del Aire (en Villaviciosa de Odón) de un par de excelentes documentos sobre ese tema, que por suerte además no eran los únicos esperando a ser leídos. Indagando en esas mismas carpetas, posteriormente hemos ido encontrando más papeles dejados para la historia por la 7ª Sección (Antiaeronáutica) del Estado Mayor de la Jefatura del Aire del Ejército franquista. Estos documentos contienen valiosa información, obtenida durante la batalla de Brunete, sobre las aviaciones y las artillerías antiaéreas propia y republicana. 
Agosto de 1937, apenas terminada la batalla de Brunete, era el momento para que las dos fuerzas que se acababan de enfrentar se apresuraran a hacer balance y a sacar las conclusiones operativas necesarias de cara al siguiente combate. En el campo franquista, su Jefatura del Aire hizo una comparación entre la situación de julio de 1937 y la Gran Guerra europea, resaltando en primer lugar el grado de perfeccionamiento técnico alcanzado durante ese periodo por los aparatos de dirección y preparación del tiro artillero antiaéreo (los que apuntan y dirigen el fuego de una o más baterías de cañones), unas mejoras que a su juicio fueron incluso más destacables que las experimentadas por los propios aviones, de todos los tipos. Apoya la 7ª Sección esta afirmación en un dato impresionante que habla por sí solo de las magnitudes del consumo de materiales que implica la lucha moderna: al principio de la I Guerra Mundial los ejércitos de Francia y Alemania necesitaron hacer más de 11.000 disparos artilleros (de todos los calibres) para abatir un avión enemigo. Tres años más tarde, en 1918, en la fase final del mismo conflicto, Alemania había conseguido bajar ese número a 5.040, mientras que Francia lo había hecho a 7.000, teniendo además un tipo de dirección de tiro específica y más avanzada que permitía conseguir un derribo cada 3.200 disparos. En 1937, casi 20 años más tarde, con la guerra española en curso, la artillería antiaérea alemana de 88 mm había logrado reducir ese número de disparos hasta un promedio de 188 por avión derribado. Concretamente, en la primera quincena de julio (con solo una semana dentro de la batalla de Brunete) las baterías antiaéreas de ese calibre habían realizado algo menos de 2.000 disparos, consiguiendo derribar 10 aparatos republicanos y tocar de gravedad otros 12, todos ellos bombarderos.  
Confirmamos así algo que ya sabíamos, pero sobre lo que no teníamos datos concretos: que este eficaz fuego antiaéreo a cargo de la Legión Cóndor supuso un factor fundamental para explicar por qué la Aviación republicana fue perdiendo el dominio del aire a medida que transcurría la batalla de Brunete. Siempre según los datos recogidos en el campo franquista, si en la 1ª quincena de julio la media diaria de vuelos de las alas republicanas en la zona Centro fue de 90, para la segunda quincena de julio este concepto alcanzó solo a 42. Como casos extremos de esta reducción citamos que durante la primera semana de la batalla de Brunete (6 al 13 de julio), la Fuerza Aérea de la República Española (FARE) llegó a realizar 114 vuelos diarios, con un record de 197 durante el día 10, mientras que el 25 (final de la batalla) estuvo prácticamente ausente de los cielos madrileños. Dentro de la gráfica general que dibujó la actividad aérea republicana en julio, destaca además que a cada día de pico de intensidad de acciones aéreas le sucedía otro de enorme decrecimiento de las mismas, denotando con esto que la “Gloriosa” carecía de suficientes aviones y tripulaciones de reserva. Mantener en tierra una parte apreciable de sus efectivos resultaba por tanto imprescindible para permitir el descanso del personal de vuelo y la revisión y reparación de los aparatos tocados o forzados al límite en los feroces combates aéreos que  entablaban diariamente con las aviaciones franquistas: alemana, italiana o la autoproclamada “Nacional”. 
Meses antes, la primera actuación masiva de la Alemania nazi en favor del Ejército sublevado se había producido durante la batalla de Madrid, en noviembre de 1936. En ese momento la artillería antiaérea encuadrada en la Legión Cóndor (designada como F/88), estaba compuesta por 2 baterías de cañones Flak 30 de 20 mm (10 piezas) y 4 baterías de cañones Flak 18 de 88 mm (20 piezas). Teniendo en cuenta que la decisiva intervención alemana en la GCE habría movilizado entre el Reich y la zona franquista 4 aviones de transporte semanales y 170 atraques marítimos cargados con armas, personal y municiones, es seguro que durante julio de 1937 estos medios antiaéreos, únicos verdaderamente eficaces en su función de cuantos tuvieron los rebeldes a su disposición, se habían incrementado notablemente. Así, mientras transcurría la batalla de Brunete, el informe de la 7ª Sección Antiaeronáutica franquista menciona baterías antiaéreas emplazadas en Sevilla la Nueva, Boadilla del Monte, Toledo, La Granja, Madrid (zona de Carabanchel y Campamento de Retamares), Ávila, Casavieja (Campo Delta), Matacán (Salamanca) y Córdoba (y se echa de menos la que tenía que estar cerca de Navalagamella, muy presente en todos los partes de operaciones aéreas republicanos). La mayoría de estas baterías, sino todas, eran de 88 mm y pertenecían a la F/88. 

El tiro de los Flak 18 de 88 mm, siempre servidos por artilleros alemanes mandados por sus propios oficiales, frecuentemente obligó a los Katiuskas, Natachas y restantes aparatos republicanos de bombardeo a operar desde alturas en torno a los 4.000 metros (muy superiores a la ideal), comprometiendo su eficacia, a la vez que también se veían forzados a intentar reducir al mínimo su tiempo de presencia sobre los objetivos, para evitar resultar alcanzados. La Legión Cóndor, formada entre otras secciones por la K/88 (aviación de bombardeo), J/88 (aviación de caza), A/88 (aviación de reconocimiento) y la citada F/88 (artillería antiaérea), estuvo mandada inicialmente (hasta noviembre de 1937) por el general Hugo Speerle (o Sander), con el teniente coronel Wolfram von Richthofen como jefe de su Estado Mayor. Sander, como sus dos sucesores (Volkmann y Richthofen), ejercieron a lo largo de la guerra civil el mando efectivo de las aviaciones alemana y española, teniendo el primero de ellos también a la Aviación Legionaria (italiana) en sus manos durante la batalla de Brunete.  


Flak 88mm de la Legión Cóndor

Frente a estas capacidades de la artillería antiaérea provista por Hitler a su aliado Franco, los republicanos contaron con una DECA (Defensa Contra Aeronaves) de calidad equiparable gracias a las piezas soviéticas de 76,2 mm, de las que ya hablamos en un artículo anterior, pero que al resultar insuficientes para guardar de forma simultánea todos los frentes, obligó a desarrollar otras formas de lucha antiaérea mucho menos eficientes y sofisticadas, pero no por ello totalmente carentes de efecto. Para ilustrar una de las características más llamativas de la GCE en lo referente a armamentos, que fue la convivencia de los materiales y las tácticas más modernas con las más básicas y rudimentarias, citamos otro documento, también franquista y fechado en el frente de Aragón en septiembre de 1937. En él se confirma que dentro del Ejército popular se habían creado, en base a tiradores de fusil y ametralladora seleccionados, equipos de defensa antiaérea que debían actuar contra los cazas y bombarderos que les atacaran a baja altura. Para ello habían recibido una tabla de tiro adaptada para cada tipo de aparato enemigo, con las alzas del arma requeridas en las distintas distancias. En un intento por aumentar las posibilidades de cazar algún aparato fascista en el campo de batalla, se estaban organizando concursos para que estos equipos, formados por un sargento, un cabo y 20 soldados seleccionados, mejoraran sus capacidades disparando contra siluetas de aviones colocadas a 800 metros de distancia, y para motivar aún más a sus miembros, cada equipo vencedor en estas prácticas ganaría 500 pesetas, que se repartirían según el criterio de su jefe de batallón. 
Aunque esta táctica fuera precaria para enfrentar aparatos tan veloces como los existentes entonces, el solo hecho de que un aviador operando a baja altura supiera que le estaban esperando en cualquier trinchera para hacerle fuego con 20 armas individuales disparando salvas simultáneas debía generar un temor real, porque a la velocidad del proyectil se le sumaba la del avión, al que siempre había que disparar de frente, viéndolo venir. Al mismo tiempo, desde el lado del fusilero republicano, cualquier cosa era mejor que esperar pasivamente los bombardeos o la cadena (ametrallamientos) de la aviación enemiga, que a partir de Brunete empezó a disponer de una superioridad cada vez más clara y agobiante, igual que ocurriría con la artillería, ya se tratara de la ordinaria o de la antiaérea. El desarrollo de este tipo de lucha antiaérea en base a fusileros y la extensión de las medidas de defensa pasiva evidencian también que la situación de la frontera francesa y la escasa  frecuencia y regularidad de los suministros militares soviéticos obligaron al Ejército popular a adaptarse desde el otoño de 1937 a un nivel de aprovisionamiento insuficiente, al menos en comparación con el que tenían asegurado los sublevados. En el frente las balas debían hacer parte del trabajo de los antiaéreos, porque no había muchos, y porque un número apreciable de baterías estaban emplazadas en defensa de las ciudades republicanas, que ya sufrían bombardeos sistemáticos.    

Ernesto Viñas


     



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